Trump y el auge de la geoeconomía
– Andrés Oriol-
La segunda administración Trump consolidará el auge de la geoeconomía, es decir, la subordinación de la economía a la política exterior. No es, ni mucho menos, un fenómeno novedoso, tampoco en la acción exterior estadounidense. El plan Marshall, sin ir más lejos, fortaleció a los aliados europeos de EEUU y sus vínculos transatlánticos, frente al avance de un comunismo que parecía imparable. En las últimas décadas, es innegable la íntima relación entre las políticas económicas de China y sus intereses geoestratégicos.
Mientras tanto, en Occidente, la utilización de medidas económicas como instrumento de política exterior se ha visto relegada a la imposición de tímidas sanciones. El “fin de la Historia” y el triunfo de las instituciones internacionales de valores liberales, de la OMC al Derecho del Mar, convenció incluso al Partido Republicano —clásicamente alineado con las tesis realistas— de que un mundo regido por el librecambismo, donde las esferas política y económica fueran autónomas la una de la otra, era un hecho (casi) consumado.
Sin embargo, la realidad internacional se sigue mostrando tercamente realista, a pesar de la lentitud de las potencias occidentales en asumirlo y actuar en consecuencia. De hecho, no está de más recordar que no solo los teóricos del realismo, de Morgenthau a Waltz y Mearsheimer, sino también clásicos liberales como Keohane, Ikenberry o Nye, rechazan la optimista confianza en que la liberalización económica, por sí sola, hará anacrónico el uso del poder para mantener la paz o impedir la subordinación de unas potencias a otras.
La primera administración Trump ya supuso un giro hacia posiciones más favorables a la geoeconomía. En su discurso en la cumbre de la APEC en noviembre de 2017, identificó la seguridad económica con la seguridad nacional. Durante su mandato, no tuvo reparos en hacer de la cooperación, los aranceles, los vetos o las sanciones instrumentos al servicio de intereses de política exterior no estrictamente económicos.
También algunas medidas económicas internas de su primer mandato se pueden entender como orientadas a mejorar la situación global de EEUU, borrando la frontera entre interés económico y político, y supeditando a la geopolítica otros fines como la defensa de la competencia, la redistribución o el control de la inflación. Entre estas medidas se encuentran la reforma radical del impuesto sobre sociedades, para impulsar la inversión directa en el país e incentivar el reshoring; los planes de mejora de la infraestructura, y el aumento del gasto en defensa, compensado por la reducción de otras partidas.
La hoja de ruta económica que está siguiendo la segunda administración Trump fue expuesta por Scott Bessent, Secretario del Tesoro, en su comparecencia ante el Senado el pasado 16 de enero. Marcó unas líneas bastante más continuistas, en ciertos aspectos, de lo que algunos analistas anticipaban, defendiendo la independencia de la Reserva Federal, abogando por mantener un dólar fuerte y dejando en el trastero la idea de un dólar virtual. En consonancia con lo que hemos visto los siguientes meses, propuso elevar los aranceles, extender las rebajas fiscales —ambas políticas que pueden entenderse en clave geopolítica, para impulsar el reshoring— y disminuir el déficit fiscal por el lado del gasto.
Sin embargo, lo más interesante para el tema que nos ocupa fue su declaración de que las medidas arancelarias no son, sólo, un esquema proteccionista clásico de impulso a la industria nacional, sino una herramienta para políticas no económicas. Principalmente, como una forma de presión que mejore el poder de EEUU en las mesas de negociación de conflictos o de intereses clave como el control de Panamá y Groenlandia. Además, considera que los aranceles pueden tensionar una economía china que actualmente estaría utilizando el mercado estadounidense —el 14,8% del total de sus exportaciones— como una vía de alivio de su sobrecapacidad productiva.
La imposición de sanciones y altísimos aranceles a la industria rusa de los hidrocarburos, en conjunción con programas internos de desarrollo de la suya propia, tiene el objetivo no solo de convertir al país en autosuficiente energéticamente, sino también de posicionarse como un nuevo polo de exportación hacia Europa, cambiando los flujos de dependencia globales.
La declaración explícita de la subordinación de la economía a la política está llamada a cambiar el discurso en clave liberal, típicamente aceptado en el debate público y oficial de Occidente como el único legítimo —aunque esta hegemonía lleva unos años fracturándose—, por uno abiertamente realista.
Las políticas de autonomía y competitividad europeas, que ya están llegando con retraso y lentitud, seguirán encalladas en contradicciones internas si no se adopta el marco mental de los teóricos realistas, y de los liberales no utópicos. La era de la geoeconomía ha llegado para quedarse, y querer seguir combatiendo con las reglas del boxeo cuando el otro saca una navaja solo augura muchos agujeros.
Este artículo se incluye dentro de la Cátedra Jean Monnet «European Union’s external relations and Spanish Foreign Policy».
Andrés Oriol es alumno del máster en Relaciones Internacionales
